Era una mujer delgada, muy expresiva, quizás a punto de jubilarse.
Caminaba de un extremo a otro de la tarima, y gesticulaba graciosamente
con los dedos al señalar en la pizarra el límite superior o inferior de
un intervalo.
Nos transmitía su entusiasmo por las matemáticas. De ella aprendí a
separar lo fundamental de lo accesorio, y a valorar distintos puntos de
vista. Me tenía que esmerar en tomar los apuntes, que después pasaba a
limpio en la residencia.
En la clase había dos compañeros que me llamaban la atención: Ramón
Azov y Natividad Baca. Los recuerdo muy bien, como si los viera ahora
mismo. Busqué su amistad, y no me la negaron. Pero no insistí, por
timidez.
Les miraba, atentos y concentrados, como si disfrutaran durante las
explicaciones de la profesora, a la que observaban con el agradecimiento
de quien recibe algo de otra persona que tiene un valor incalculable.
La clase se daba en un aula muy grande. No teníamos un sitio
reservado para cada uno. Así que a veces me sentaba cerca de Ramón, y
otras de Natividad. De esta cercanía surgió poco a poco mi admiración
por ellos.
Ramón Azov escuchaba con atención no sólo las explicaciones de la
profesora, sino a cualquier compañero de clase. Una vez me dijo que hay
que conocer las condiciones iniciales para analizar un proceso.
Entonces no lo entendí, pero la vida me ha enseñado que es cierto.
Fue él quien me insistió en que comprara Calculus, de Michael Spivak.
Aún conservo los dos tomos en mi biblioteca, con su impecable
encuadernación y sus tapas azul celeste.
Natividad era una de las pocas chicas de la clase. Un día salimos
juntos y anduvimos por la calle un buen rato. Vestía falda y chaqueta de
color blanco. Y llevaba los apuntes en un bolso, no en una carpeta
roja, como yo.
Era muy elegante, y su manera de atender a la profesora tenía mucho
que ver con su forma de hablar. Sus frases tenían contenido. En cambio,
yo no era más que un pueblerino que acababa de llegar a Barcelona. Y,
además, muy infantil.
Había pasado el verano en París, me dijo, en la casa de unos amigos
de sus padres. Casi nada: en París. Yo apenas había salido de mi pueblo
unas cuantas veces para ir a comer paella con mis padres y mis tíos en
un restaurante de Sa Ràpita.
Hablamos un buen rato de la profesora de cálculo, y así tuve los
primeros argumentos sobre la calidad de las clases. Recuerdo aquella
noche de invierno como un viaje de iniciación.
Ahora no es difícil indagar acerca de alguien. Pero mis intentos no
han servido para nada. No he encontrado ni rastro de los tres. La
profesora de matemáticas, Ramón Azov y Natividad Baca parecen
invenciones de mi memoria.