viernes, 11 de septiembre de 2015

Asistir a la amanecida

Asistir a la amanecida, ser testigo de la llegada lenta de la luz, abrir las persianas, la lámpara de la habitación reflejándose en el cristal de la contraventana, el silencio de la calle aún más acentuado de lo normal porque hoy es sábado, sentir que los árboles están ahí, justo detrás, refugiados en la oscuridad, inmóviles, pero dispuestos a ser reconocidos de improviso, dejarse llevar por la constancia de esta atmósfera de preparación, que es a la vez misteriosa y segura, apreciar este latido de las cosas que se refugian en sí mismas cuando el día está a punto de empezar, anticiparse con la firmeza del entendimiento a lo que se va a convertir dentro de poco en este tránsito de la oscuridad a la luz, y recibirlo como un don, suavemente.   

(Diario de Algún Otro)