viernes, 21 de agosto de 2015
La velocidad humana
Vamos en coche por el Paseo Marítimo, transitamos a menos de cincuenta quilómetros por hora, quizás a treinta, a ratos a cuarenta, los otros coches a nuestro lado, todos avanzando con la Catedral iluminada delante de nosotros, incluso el conductor la puede contemplar con holgura sin poner en peligro a nadie, porque esta velocidad permite disfrutar del paisaje urbano, todo es así más accesible, más real casi, como si la velocidad tuviese un límite, un umbral inferior por debajo del cual estamos en unos parámetros humanos, es decir, las condiciones que necesitamos para poder sentirnos humanos y para poder saborear el mundo, no sólo la carretera por la que transitamos, la carretera que se convierte en un medio para poder observar lo que nos rodea, porque es bien cierto que el coche da libertad, pero también es bien cierto que la quita, sobre todo a gran velocidad, cuando lo único que somos capaces de percibir es la velocidad misma, un concepto que tiene muchas variables que aún no han sido entendidas del todo, porque la velocidad es el eje del mundo contemporáneo, la velocidad de los ordenadores y de los aviones, la velocidad de la información que circula de aquí para allá, la velocidad de los que buscan algo que no encuentran, la velocidad con que se convierte en obsoleto todo lo que tocamos, aunque, fíjate bien, la Catedral sigue ahí, tan bien iluminada, y al mirarla desde el coche gracias a la poca velocidad a la que vamos, nos da la sensación de que está ahí para ser contemplada, y ahí se queda lo esencial: esta tibia certeza de que la tecnología es la posibilidad de ir más allá de nosotros mismos y que, sin embargo, sólo se disfruta si no se la somete a más exigencias que las estrictamente humanas.